Catalunya – Tierra de grandes vinos
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No podemos entender lo que significa Cataluña sin sus vinos. De la misma forma que no se puede entender el dinamismo económico de España sin la región de Barcelona, motor económico del noreste español, no podriamos entender la historia, la cultura y la personalidad de Cataluña, sin sus vinos.
El nombre de Cataluña siempre ha estado ligado de alguna manera al mundo del vino. De la misma forma que los grandes acontecimientos de la historia europea han tenido como telón de fondo los viñedos, en Cataluña también podemos afirmar que sus viñas han sido el testigo mudo de la evolución y los avatares históricos de esta región europea.
La tradición vitícola de Cataluña se remonta a más de 2.000 años atrás, con la llegada a estas tierras de la cultura griega y romana, difusoras y promotoras del cultivo de la Vitis Vinifera a lo largo de toda la vertiente mediterránea y de la elaboración de vino.
La Vitis Vinifera llega a Cataluña a través del puerto de Empúries, en el norte de la región, y de esta manera se difunde por toda la Península. Se produce, así, un importante impulso productivo gracias a los pequeños asentamientos agrícolas que se fundan y que se dedican, casi de forma exclusiva, al cultivo del viñedo. Los romanos, que su
pieron mantener el tono sagrado que, ya en su momento, le habían conferido los griegos, le otorgan, además, un valor económico y dietético. De este modo, a medida que iban ganando territorios en sus gestas, plantaban estas tierras conquistadas con cereales, olivos y viñedos.
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Se puede decir que, además de moldear el paisaje de Cataluña, sentaron los cimientos de la Dieta Mediterránea: pan, aceite y vino, base de la cocina catalana.
Durante la Edad Media, la viticultura está estrechamente relacionada con la aparición de los nucleos eclesiásticos de las corrientes monasticas del Cluny y el Císter. Los monasterios funcionan como una especie de explotaciones agropecuarias, y los propios monjes trabajan las fincas y elaboran los vinos que necesitan para sus ceremonias religiosas. De estos asentamientos religiosos surgen muchos de los grandes vinos catalanes. Su fama se ha mantenido a lo largo de los siglos y, aún hoy en día, los alrededores de estos monasterios albergan viñedos cuyos vinos se siguen considerando entre los mejores de Cataluña. Algunos ejemplos serían los monasterios de Poblet, Santes Creus, Sant Pere de Roda, Sant Benet del Bages o Scala Dei.
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Posteriormente, y ya situados a mediados del siglo XIX, la vitivinicultura catalana pasa por tres etapas de contenido bien diferenciado, aunque los límites cronológicos entre una y otra no sean claramente precisos. La primera etapa, caracterizada por la aparición del oídio y marcada por sus negativas consecuencias, abarca hasta 1860–1865; la segunda, considerada la edad de oro de la antigua vitivinicultura, es la etapa comprendida entre aquella plaga y la invasión de la filoxera; la tercera etapa tiene como características la reconstitución parcial del viñedo destruido por la filoxera, y las crisis de sobreproducción y caída de los precios posteriores a 1891.
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Hoy en dia, Cataluña es una de las zonas más apasionantes del viñedo europeo. Su variedad de climas (debido a lo accidentado del territorio), su amplio parque ampelográfico (una gran parte del cual está aún por explotar) así como su variedad edafologica hacen de ella una zona especialmente dotada para la elaboración de vinos con mucho carácter. Comprende nueve denominaciones de origen: Alella, Empordà, Pla del Bages, Penedès, Conca de Barberà, Priorat, Montsant, Terra Alta, Tarragona y Costers del Segre, además de la DO Catalunya, una denominación de origen más genérica, como la que disfrutan otras zonas del mundo (Burdeos, Borgoña) y que acoge una gran variedad de vinos que, con un denominador común, proceden de los múltiples microclimas de la región. La DO Catalunya ofrece hoy a muchos grandes vinos la posibilidad de lucir su luminoso origen mediterráneo. Son vinos que no reivindican su cuna en un pago o viñedo preciso, ni en una de las nueve DO específicas, sino que proclaman exclusivamente su identidad catalana, habitualmente basada en variedades muy tradicionales (garnacha, cariñena, monastrell, garró, samsó, y otras mas) de estos viñedos históricos.
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Los vinos catalanes afrontan los retos del siglo XXI con inquietud y con esperanza. El futuro para este mosaico de cooperativas, pequeños productores y grandes bodegas se refuerza con el trabajo y el esfuerzo realizado en las últimas décadas por potentes marcas reconocidas en los mercados nacionales e internacionales. Los retos a afrontar en los próximos años pasan por una mayor difusión de nuestra historia vitivinícola, que nos permita dar a conocer nuestra cultura y nuestro patrimonio.
También se debe destacar el apoyo prestado por la vanguardista cocina catalana. El prestigio y la proyección internacional que ha logrado nuestra gastronomía ha permitido a nuestros vinos entrar en los mejores restaurantes del mundo. El tándem catalán cocina- vino se ha convertido en un gran éxito en el mundo de la restauración, fruto de los esfuerzos de grandes profesionales.




















